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En recuerdo de unos grandes señorones






POR ADOLFO KOTT GRAMLICH

Difícilmente la memoria podría olvidarlos y menos el corazón, pues son de esas grandes personas que no sólo han dejado huella en su familia, en sus amigos, en sus vecinos...
En Reynosa también grabaron su historia, realizaron sus sueños, concretaron sus metas pero, sobre todo, dejaron muchos recuerdos, esos que bien vale la pena contar.
Radicados en Reynosa, iniciaron en 2009 el viaje más largo de su vida y los despedimos con este homenaje in memóriam. Sus nombres: Roberto Peña Vidaurri, Eleuterio Martínez, Gerardo Ballí González y José María Gómez Lira, unos señorones a quienes el respeto ganado les antepone a su nombre de pila el don; un don bien merecido.
Así bien, empecemos con algunas anécdotas platicadas por sus amigos, como son: Angel González de los Santos Coy, “El Nene”; Jorge Orfanos Faracklas, “El Yorgo”; Joel Rodríguez y Juan F. Ríos Salinas.
Los cuatro fueron grandes amigos de él, y algunos, además compadres.
También los recordaron sus familiares, la viuda de don José María, Cristina Cárdenas de Gómez, así como Ernesto y Eduardo, sus hijos.
Por su parte, Berta Garza de Peña y Bertha Peña Garza, esposa e hija hablaron de don Roberto Peña Vidaurri. Verónica Martínez, hija de don Eleuterio Martínez también evoca a su padre.

BETO, EL GRAN AMIGO
Para Angel González de los Santos Coy, de 85 años de edad, con Roberto Peña Vidaurri llevó una amistad de casi toda la vida.
“Fue un gran amigo, un gran amigo, tenía una forma, un trato, aparte de tener carisma porque era carismático mi querido Beto, muy atractivo en su forma de ser. Venía recién recibido de médico y en esa forma empecé a tener amistades”, recordó.
Agregó que al llegar a la ciudad y soltero, vivió en un apartamento rentado por Fidel Cuéllar Treviño (†), acompañado de Ignacio de León, Hilario Coronado y Mario González, padre de Mario Tresgonzalez, éste último, su sobrino, hijo de una hermana de él.
“Fue un médico muy querido por todo mundo. Todo Reynosa lo estimaba mucho, por su carisma, su forma de atender, amable”, continuó don Angel.
Cuenta don Angel que cuando su esposa enfermó, Peña Vidaurri iba a verla, ambos se estimaban mucho, ya que se conocieron desde jóvenes.
Comenta que fue un gran esposo y un gran hijo, pues siempre estuvo cerca de su pueblo natal, Nuevo Laredo, y con frecuencia viajaba para ver a sus familiares.
La última vez que conversó con su amigo Beto fue en su casa, el doctor reposaba en cama y ya no quería levantarse porque se sentía mal.
Por su parte, Jorge Orfanos Faracklas, mejor conocido como “El Yorgo”, con 84 años cumplidos, recuerda que siempre contó con la presencia de Peña Vidaurri.
“Fue un gran amigo, yo tenía un negocio y el gusto de tenerlo todas las tardes tomando café. Ahí lo conocí. Llegó un día y se quedó para siempre”, evoca.
Comenta que Peña Vidaurri no le cobraba las consultas, era muy servicial. En sus últimos días asistían a Sanborns o a algún otro café; luego dejó de ir.
Agregó que junto con Angel González compraron un rancho y Roberto les regaló un toro.
“Era muy bueno, no sé cómo decírtelo pero tuve una impresión de él muy buena, como médico, como amigo, como lo que tú quieras pero era un gran amigo”, recordó.
Otra amistad de Peña Vidaurri fue don Joel Rodríguez, empresario de toda la vida y amigo muy querido por su don de gente.
Recuerda que llegó a Reynosa casi al mismo tiempo que don Roberto Peña Vidaurri, en 1949.
“En ese tiempo sabía quién era pero no mantuve una amistad con él. Pasado el tiempo nos conocimos y luego fue el doctor que trajo al mundo a mi hijo Jaime, al más chico en 1968”, comenta.
Agrega que a partir de ese año empezó a tener más relación afectiva con Peña Vidaurri. Con el devenir del tiempo, Jaime se casó, fue entonces que don Roberto y doña Berta Garza de Peña lo apadrinaron en su boda.
“Desde ahí para acá somos compadres”, dijo con una sonrisa.
Antes de eso, coincidieron en el entonces proyecto de construcción del Club Campestre de Golf de
Reynosa. A partir de ahí creció más su amistad, pues se reunían cada semana para platicar, junto con un buen grupo de amigos. Cuando se terminó de construir el club, después de los primeros nueve hoyos empezaron a ser compañeros de juego.
“¡Y de ahí ya no nos separamos!, hasta el día en que con tristeza tuve que asistir a su funeral”, señala.
En su opinión, no hay palabras para describir la bondad que Peña Vidaurri expresaba, ofreciéndosela tanto al más encumbrado como al más humilde de la ciudad.
“Yo creo que me quedaría corto si trato de describir las cualidades que mi compadre tuvo en su vida, pero puedo mencionar que fue un hombre de una bondad extraordinaria”, agrega.
Platica que solían ir casi a diario al café, si les tocaba estar a media cuadra del lugar a donde iban a ir, se encontraba un sinnúmero de personas con las que platicaba, saludaba de mano y preguntaba por su familia. Eso le llamó siempre la atención, independientemente de su bondad y calidad humana hacia sus semejantes.
“El no podía ver una necesidad sin que no extendiera su mano para cubrirla; me consta porque fueron muchos años que conviví con él y siempre vi esa actitud, ¡no se diga de la amistad!”, enfatiza.
Explica que don Roberto tenía a la amistad en un concepto muy alto y lo percibió en su relación de amigos por 60 años.
“Pienso que fue una persona extraordinaria y me quedaría corto, al final de cuentas. Siempre me sentí muy honrado en compartir su amistad”, comentó.
Cuenta que una vez Juan F. Ríos y él fueron a visitarlo a su casa, unos diez días antes de su partida y tres días antes, Peña Vidaurri en persona fue a visitar a Joel, a su negocio, lo llevó su chofer, para ir a platicar con su compadre.
“Dentro de su salud quebrantada, lo vi muy tranquilo, muy amable. Bastaba con sus hechos, no perdía la costumbre de venir a levantarme para ir al café”, dijo.
En otros tiempos, pasaba al negocio de don Joel. “¡Era una pitería que me hacía para yo salir corriendo!, para que nos fuéramos al golf. Esos son algunos recuerdos que tengo de mi compadre”, refiere.
Otro amigo entrañable de Roberto Peña Vidaurri fue don Juan F. Ríos Salinas, empresario de muchos años en la ciudad y poseedor de un humor tan fino, que hace soltar la carcajada al más ecuánime que en una reunión lo escuche.
“Nos conocimos siendo yo cobrador de Maderera y Ferretera Reynosa y don Roberto se encontraba construyendo su hospital”, recuerda.
Agrega que en esa época tuvieron que atender a su esposa en el hospital de Peña Vidaurri, quien al ver su situación le dijo que no se preocupara en cuanto a gastos de hospital, que se hiciera cargo de otros menesteres.
Después, por medio de Joel Rodríguez, la amistad de Roberto y Juan F. Ríos empezó a tornarse cada vez más estrecha, lo que logró sacar de su rutina a un hombre demasiado serio, llevándolo a límites donde el buen humor y la carcajada siempre estuvieron presentes.

UNA ANECDOTA
Ríos Salinas recuerda que una tarde se encontraba en el Club Campestre de Golf con el doctor Peña Vidaurri y después se uniría al grupo Joel Rodríguez.
Roberto no jugaba tan bien como antes pero hacía un esfuerzo para compartir con los amigos. De pronto, llegó Joel caminando a su encuentro cuando Juan le pide que se detenga unos pasos detrás de él. En eso, el mismo Juan F. Ríos empezó a hablar mal de Joel: “Nos dejó colgados en la cita, no llegó, vamos a mandarlo a la ch...$%&#?¡”. Y Joel escuchando. Luego se hace presente y cuestiona a Roberto: “¿Qué pasó compadre?”. Y Roberto, asombrado, le contesta: ¡Este cabrón que me hace hablar de más!
En otra ocasión, estando en Vips Juan, el chofer de Peña Vidaurri y el mismo Roberto, durante el almuerzo el doctor pidió un jugo, su fruta, café, total, un desayuno bien servido y a la hora de la cuenta: “¡Se le olvidó la cartera al doctor! Completamos con pesos, tostones y morralla. Después de eso, cada vez que íbamos al café, a Vips o a cualquier otro lugar, le pedía al chofer de don Roberto que se asegurara que llevara la cartera. ¡Ahora resultaba que se le olvidaba la cartera cada vez que salía con Juan!”, recuerda.
“Era muy generoso con la gente que lo atendía. Ahora en últimos tiempos de su vida, me procuraba don Roberto para divertirse y zoncear un poco y compartir el tiempo con los amigos”, comenta.
El día de su deceso, nombraron a don Joel y a don Juan padrinos de cajón. Roberto Peña Garza, su hijo, les pidió que lo fueran en honor a su amistad. Por disposición de don Roberto, una parte de sus cenizas se encuentran en el Club Campestre de Golf, lugar que le dio tanta felicidad y gratos momentos rodeado de su familia y amigos de toda su vida. Otra parte se esparció en un riachuelo rumbo a la carretera a Nuevo Laredo, donde se crió.

SU VIDA EN CASA
Bertha recuerda que don Roberto Peña Vidaurri, su padre, fue muy consentidor con ella y como le encontraba parecido con su mamá… ¡más la consentía! Por otro lado, el teléfono timbraba a cualquier hora del día, tarde, noche y madrugada para consultarlo, que fuera a visitar a algún paciente. Siempre estaba dispuesto para quien lo solicitara.
“Mi papá era muy activo, quería que las cosas se hicieran en el momento, en todas las situaciones. Siempre fue muy tenaz”, asegura.
Explica que trabajaba toda la semana, hasta el domingo al mediodía, o bien, hasta las tres de la tarde. Entonces iba doña Berta por él y ya todos en el carro viajaban a Nuevo Laredo a visitar a sus padres. Cenaban, convivían un rato y después se regresaban a casa en la noche, porque tenía que consultar temprano y si estaba programada, realizaba una cirugía.
Le gustaban los deportes. Veía los sábados y los domingos todos los programas deportivos por televisión. Siempre leyó “The Monitor” para conocer los resultados de los partidos de futbol americano, porque esa información no la publicaban en ningún periódico local.
Decía que para todo había solución, menos para la muerte pues siempre había manera de arreglar las cosas, teniendo vida.
Todo el tiempo estuvo al pendiente de sus hijos: Bertha, Roberto y Carlos, claro, en combinación con su esposa.
“Siempre estuvo muy enamorado de mi mamá y siempre le estaba diciendo lo bonita que era. Siempre la veía hermosa”, evoca.
Agrega que fue voluntarioso, terco, se enojaba pero al momento cambiaba, el mal humor desaparecía rápido; era muy sentimental y caritativo, ya que si alguien necesitaba algo, lo ayudaba, independientemente de la posición, cargo o rango de quien le solicitara cualquier cosa, siempre tendió la mano sin más interés que ayudar.
Comentó que fue muy franco y sincero en sus opiniones, nunca se guardó nada: decía lo que pensaba.
“Como que era algo natural en él y siempre nos enseñó eso”, manifiesta.
Cuando iba al mandado con doña Berta, lo detenían siempre para saludarlo y platicar con él un rato. Le daba gusto saludar a la gente y a sus amigos, detalle que lo hizo muy feliz.
Por su parte, doña Berta Garza de Peña tiene sus recuerdos, también.
“¿Qué te digo? Beto fue un hombre muy trabajador, muy exitoso porque tenía el don de caerle bien a sus pacientes, de saber que estaba interesado en ellos.
Lo involucraban hasta en su vida personal, comentó, ya que le pedían consejo en algún matrimonio en crisis; preguntaba por sus familias y así lo consideraban, como parte de ellos. Tomaba café, le invitaban un menudo o lo que fuera. Lo escogían para padrino de niños constantemente. Hubo un año en que bautizaron ¡a 17 niños! Ese año jamás se repitió.

En su familia
Siempre procuró que nunca le faltara nada a su familia, llevaron una vida social muy activa, muchas amistades, pertenecieron a varios clubes, fue presidente del Club de Leones, A.C., además de fundador y primer presidente del Club Campestre de Golf Reynosa, A.C. Después fue reelecto.
“Tuvo la satisfacción de ver el Campestre terminado y a sus 80 años organizaron un torneo en su honor, me agradó que le hayan hecho ese homenaje en vida. Toda la familia y socios del club estuvimos con él”, afirma.

Cuando menos una vez al mes iban a ver a su familia a Nuevo Laredo. Primero con una niña, luego dos y al final, tres.
“Fue muy trabajador, fuerte, vigoroso. Tenía una energía muy grande porque en la mañana operaba en el Issste, luego a su consultorio, comía en casa y luego se iba al rancho, a más de una hora de camino de Reynosa. Llegaba del rancho y seguía consultando, de ser requerido”, menciona doña Berta.
Además, disfrutó mucho a sus nietos, estaba muy orgulloso de sus hijos. Siempre le agradeció a la gente que le ayudó en su vida y carrera. Fue muy religioso, muy creyente. En sus cirugías, frente a él había una imagen de la Virgen del Sagrado Corazón y trajo una medalla de ella desde su ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México hasta el día de su muerte. Medalla que doña Berta le regaló a Roberta, su nieta, pues se la pidió como recuerdo de su abuelito.
Entre otras cosas, el doctor Rojo de la Vega era el médico de los toreros en la Ciudad de México y, claro, que por tal de cargarle el maletín al doctor, don Roberto Peña Vidaurri asistió a todas las corridas de toros y eso lo hizo muy aficionado a la fiesta brava, ésto, sin mencionar que su padre fue propietario de la Plaza de Toros de Nuevo Laredo en aquellos años.
Siempre iban al cine. Nunca rentaron películas. “Porque no es igual: suena el teléfono, llaman a la puerta, interrumpen. Por eso íbamos al cine, a ver la película en pantalla grande y a las indispensables palomitas”, dice su esposa.
Añade que disfrutó del cine y el box. El golf le gustó muchísimo. Fue muy deportista de joven. Fue capitán del equipo de basquetbol del equipo de San José High School en Laredo, Texas.
“Mi marido fue un amigo muy sincero. Nunca juzgó a las personas, nada más las quería y eso lo vi ahora que murió, de tanta gente que lo quería.
Disfrutó sus viajes, tanto a Estados Unidos, Europa, Sudamérica y Asia, siempre acompañado de su inseparable Berta, de la que siempre estuvo enamorado… hasta su último suspiro.
“Y ya no está con nosotros pero nos dejó llenos de recuerdos”, asegura.

EL BUEN TELLO
De don Eleuterio Martínez, recuerda don Angel que llegó a trabajar como contador con su tío, José González, dueño original del restaurante de cabrito “Jardín”, del que luego se hizo propietario.
“Allí empezó a trabajar Tello, así le decía yo. Y teníamos mucha amistad, también era muy buen amigo, creo que era oriundo de Monterrey. El, Alfredo Kalifa y muchos amigos nos juntábamos en la plaza a platicar, a dialogar. Fue un hombre muy dedicado a su trabajo, creo que se quedó después con el negocio de su tío, se lo compró y lo manejó en forma directa”, evoca González de los Santos Coy.
Señala que fue un hombre muy correcto en todos los aspectos, pues llevó una vida buena con su esposa e hijos, dándole buen ejemplo a su familia y a la sociedad.
“Era menor que yo, como quiera nos juntábamos, de cuatro a cinco días a la semana, en la plaza a platicar. Sí, nos frecuentábamos, pero como él era muy dedicado a su trabajo, a su negocio, pocas veces tuvimos oportunidad de compartir más momentos de amistad”, comenta.
En sus pláticas hablaban de negocios, de lo que acontecía en sociedad, de política local, así como de espectáculos y todo el devenir de la ciudad en ese entonces.
De acuerdo a su memoria, la última vez que saludó a su amigo Tello fue en una tienda comercial en McAllen, una tarde y se puso a platicar unos 15 minutos, aproximadamente.
En ese entonces ya vivía allá y estaba disfrutando de sus hijos. Se sentía un poco mal, tenía problemas cardíacos.
“Tú no te puedes morir, hombre, eso déjamelo a mí”, le dijo don Eleuterio a don Angel en esa ocasión. “Se sentía un poco mal, esa fue la última vez que vi a mi querido Eleuterio”, recuerda su amigo Angel.
A su vez, Jorge Orfanos Faracklas, refiere: “Nos veíamos muy seguido en la iglesia y bromeábamos mucho porque no lo conocí más que recogiendo las limosnas, pero no te dejaba que nadie las recogiera porque metía a sus hijos”.
Después, al cambiar su residencia a McAllen empezó a gestionar la posibilidad de recoger las limosnas de la iglesia de San Juan. “La iglesia más buena del Valle de Texas. Esa es la que te puedo platicar de mi compadre Eleuterio”, apunta.
De Eleuterio Martínez, Joel Rodríguez manifiesta haberlo conocido muchos años atrás, en la Cámara de Comercio, por asuntos de empresas.
De él recuerda una anécdota sucedida con Pedro Ferriz Santacruz, quien dirigía en esa época una agencia de publicidad promoviendo a nivel nacional el Premio CyP, “Calidad y Prestigio” y que además conducía en televisión aquél clásico programa por todo México conocido: “El Gran Premio de los 64 mil pesos”.
En esa ocasión, varios comerciantes aportaron el costo del programa y publicidad de ese momento, entre ellos se encontraban don Eleuterio Martínez y el mismo Joel Rodríguez, quienes por vez primera aparecieron a cuadro en la televisión de Harlingen, Texas.
Todos los que participaron en esa ocasión se sintieron nerviosos en la entrevista individual. Eso fue hace más de cuarenta años.
Para don Joel la amistad es sagrada. La última vez que platicó con don Eleuterio fue en un restaurante en McAllen, ahí lo saludó.
Lo único que lamenta es el hecho de sentirse muy solo, pues de su generación ya muy pocos le sobreviven.
“Cuando veo que un amigo se va, me siento más solo y vamos que gracias a Dios conservo todavía muchos amigos, pero aún así se me han ido muchos a los cuales estimé, tuve un especial aprecio para ellos por lo que pude aprender de cada uno”, reconoce.
Juan F. Ríos Salinas comenta que con Eleuterio Martínez compartía gratos momentos en los eventos sociales y culturales.
“Lo atendía con toda la buena voluntad del mundo, lo que le pidiera de la ferretería se lo hacía llegar… ya después le enviaba la factura del producto solicitado”, menciona.

EL PADRE GENEROSO.
A su vez, Verónica Martínez de Cantú, hija de don Eleuterio Martínez, platica un poco del recuerdo de su padre.
“Como ser humano fue una excelente persona, muy trabajador, muy intenso, alegre, generoso, muy generoso. En los años que lo tuvimos, siempre ayudándonos a todos, ¡a todos!”, enfatiza.
En fiestas y cumpleaños siempre estuvo rodeado de familia y amigos, además de sus empleados, que lo consideraban como un amigo y le brindaron su apoyo incondicional hasta el último momento, pues existe todavía personal de hace 40 años o más que continúan trabajando en la familia como en el restaurante.
“A través de ellos aprendimos a valorarlo y a quererlo. Sin hacer distinciones saludaba a todo el mundo. Yo, como hija, en estos últimos años conviví más con él”, dice.
Comenta que un día don Eleuterio la fue a buscar a su casa, alrededor de la medianoche y le dijeron que estaba en la iglesia, ya que en ese entonces exponían al Santísimo. No lo creyó y se fue a cerciorar. A partir de ese día la iba a visitar cada martes y se quedaba con ella en la iglesia.
A todos sus hijos, siete en total, les dio carrera y proveyó todo en sus vidas, fue un hombre muy generoso, apapachador, consentidor y protector.
“Siempre quiso tener una familia grande, ya que sólo tuvo dos hermanas y él. Muy metódico. Treinta años cenando un sándwich de ensalada de pollo. Era feliz así. Intercalaba los viajes en familia para que todos pudieran salir y conocer el mundo”, expresa.

GERARDO,
UN TIPO CARISMATICO
La nostalgia de los amigos que se fueron continúa y los recuerdos aparecen como sacados del viejo arcón de la abuela. De don Gerardo Ballí, don Angel González recuerda que fue a saludarlo una semana antes de su partida y ya se encontraba enfermo. Lo visitó con don Heriberto Deándar Martínez pues con antelación le había hablado para irlo a visitar. Esa fue la última vez que lo vio.
Menciona que en la plática que tuvo con él le dijo: “Lo único que siento, mi querido Gerardo, es haber perdido tanto tiempo y no haberte conocido en la verdadera juventud, en la niñez o en la adolescencia, para haber disfrutado de tu amistad”.
Señala que lo conoció en 1963, siendo presidente municipal en el bienio 1963-1964 en Río Bravo, Tamaulipas.
“Fue muy buen amigo y es muy lamentable haberlo perdido. Te inspiraba en la forma de hablar, de expresarse. Era un tipo carismático, un tipo que agradaba a todo mundo, a todo mundo, mi querido Gerardo, en cada reunión la voz tan firme, tan fuerte que hablaba pero lo hacía muy bien. Son los recuerdos bonitos que tiene uno de los grandes amigos”, comenta.
Como anécdota cuenta que en el cumpleaños de su amigo Gerardo, el 20 de agosto, lo festejaba regalándole una botella de tequila que él mismo envasaba en su rancho particular, botella que de acuerdo a la etiqueta es: “de consumo para la familia y de mis amigos”.
Don Gerardo nació en 1932 y falleció de 77 años.
“El Yorgo” también conoció a Gerardo Ballí y de él dice que era muy bromista, que vivía con la broma.
Una de sus tantas memorias con él se remonta a cuando Ballí creó un club de pesca en “La Barra del Tordo”, cerca de Soto La Marina, Tamaulipas. Después instituyó un torneo de pesca, donde Orfanos Faracklas fungía como juez.
A este evento asistían personalidades del Estado y el país entero.
“No cualquiera iba al torneo de él, no lo permitía, eran personas escogidas las que asistían; eran personalidades pero hacían chapuza”, asegura con una sonrisa.
Otro amigo de Gerardo Ballí es don Joel Rodríguez.
“A él lo conocí bien y fue un buen amigo mío. Le admiré por su carácter bonachón, sus carcajadas y lo que más conviví fue cuando coincidíamos en el campestre”, indica.
Explicó que el golf le ha dado muchas satisfacciones, el haber experimentado la amistad de muchas personas.
En su memoria, el último recuerdo que guarda es en una reunión de amigos en el Club Campestre de Golf, donde lo escuchó conversar, en alguna mesa, con su voz, potente, fuerte, estruendosa, tan grande como sus dos metros de humanidad, aproximadamente.
“Lo que siempre recuerdo de él es su alegría, la desparramaba, la derramaba”, dice.
Juan F. Ríos Salinas dice que a Gerardo Ballí lo conoció en reuniones de amigos. “Era una persona muy alegre, con todo mundo la llevaba bien, le gustaba compartir”.
Eulalio (Lalo) González, “El Piporro”, era su cuñado y en las fiestas con la familia y amigos, era tanta la confianza, que nadie se levantaba a servirle al otro…
En su opinión, don Gerardo fue un hombre que no debió haberse muerto todavía, pues tenía muchas cosas qué hacer aún, ya que vivía con ideas de reforestación, tanto en su rancho como en otros lugares donde hacían falta áreas verdes.
“Era una persona muy alegre, le gustaba cantar, también, trabajadora”.

UN PILAR PARA LA FAMILIA
Ana María Ballí expresa en palabras su sentir hacia su padre.
“Mi papá fue una persona increíble, con los defectos que puede tener todo ser humano. Siempre nos dio su cariño, su apoyo, aún en contra de sus propios intereses. Un padre único que llenó nuestra vida de alegría; alegría que a él le sobraba para compartirla con sus semejantes. El fue siempre mi apoyo, una fuerte roca, segura de confiar. Recibimos de él todo lo que mis hijos y yo necesitamos en los tiempos más difíciles. Nunca hubo reproches, sólo mucho amor y buenos consejos para encausar mi vida como madre y llevar a mis hijos por el buen camino, que gracias a Dios y el sano ejemplo de mi familia lo he conseguido”.
Agregó que de su padre aprendió que es más gratificante dar que recibir. Siempre les enseñó que no se requiere tanto para ser feliz. Lo más importante para él fue su familia, que era su orgullo. A cada uno de sus hijos les festejaba sus cualidades, nunca les reprochó sus defectos. Vivió intensamente y toda actividad que emprendía la llevaba a cabo con un entusiasmo que contagiaba.
Como hija, acompañada de sus hermanos, Gerardo, Gabriela y Ernesto (†) además de su madre, doña Ana María Calzado de Ballí, recuerdan su integridad, ejemplo y el apoyo que les brindó hasta el último momento de su vida. El gran legado que los acompañará siempre será su amor a la familia, al trabajo y su lealtad a sus múltiples amigos que como su familia, lo recordarán siempre.
“Siempre se encargó de reunir a su familia, hermanos, primos y queridos sobrinos, pues comentaba que eran los que venían a reforzar a las antiguas generaciones”, concluyó Ana María Ballí.

Chema, el compadre
Uno de esos amigos con los que se le veía a don José María Gómez Lira era Angel González. De él dice que fue un hombre muy trabajador, agricultor incansable, persona de mucho trabajo, al igual que toda su familia: sus hermanos Edelmiro, Héctor y Ernesto. Todos ellos, agricultores desde don José Gómez, el padre de ellos y su abuelo, gente de mucho trabajo, de mucha acción.
“Muy buen amigo, casado con Cristina Cárdenas de Gómez, que viene siendo sobrina segunda mía, hija de un primo segundo mío, del licenciado Joaquín Cárdenas. Hace días estuve con la suegra de él, platicando. Formó muy bonita familia, dio buen ejemplo, sobre todo a sus hijos, muy trabajadores. Eso es lo que te puedo decir de mi querido Chema”, recuerda don Angel González.
“A Chema pocas veces lo veía porque tenía un negocio en Güémez pero cuando venía nos juntábamos y tomábamos café, era vecino mío, pegado casa con casa, comenta “El Yorgo”.
Agregó que a don José María lo conoció por muchos años y entre tantos detalles de amistad siempre le tramitaba permisos de caza de venado para que con González de los Santos Coy fuera de cacería.
Juan F. Ríos Salinas también tuvo amistad con José María Gómez Lira y de él tiene otros recuerdos.
“Todos ellos son como las hormigas mantequeras… ¡hay muchos! La nuestra era una amistad demasiado buena.
Agrega que don José Gómez, papá de todos los Gómez Lira, fue su cliente por muchos años. Según sus propias palabras era un hombre alto, flaco, seco.
Cuenta que una vez visitó la Agencia Chevrolet con la intención de comprar un coche, pero no lo atendían.
“¡Hey, que cuánto vale el carro ese, con una ch...&%$#&%, hombre!”.
Ya después de buen rato le contestan: vale veinte mil pesos. “Pues dame dos, con una ch...&%$#&%!”. Y le soltó los 40 mil pesos en efectivo. Recordó con una carcajada don Juan F. Ríos.
Así se las gastaba José Gómez, entendiéndose el buen humor y puntadas que Ernesto y José María, entre tantos hermanos, convirtieron en leyendas en la ciudad, pues no hay quien no sepa al menos una de tantas historias donde la chispa de ese instante no estuviera presente en alguna reunión de amigos.

RECUERDOS DE FAMILIA
Doña Cristina Cárdenas de Gómez, viuda de José María Gómez Lira, platica algo de los muchos recuerdos de su esposo en el seno del hogar. Sus hijos son cuatro: José María, Ernesto, Eduardo y Ana Cris.
“Para mí era un hombre, como todos los Gómez, muy bondadoso, muy generoso. Tenía un carisma singular, muy alegre, amaba la vida, era de mucho amor a los suyos y a su familia. Era muy sagaz, muy emprendedor”, asegura.
Dice que como agricultor fue pionero del algodón en el sur de Tamaulipas y el primer piloto aviador de la región, actividad que desarrolló alrededor de seis años.
“Como papá era muy entregado a sus hijos. Temeroso de ellos, los cuidaba mucho. Los jaló mucho, desde pequeños, al rancho, a montar, a todas partes, los enseñó a manejar. Además, se quitaba lo puesto por sus amigos”, manifiesta.
Ahora toman la palabra sus hijos Ernesto y Eduardo Gómez Cárdenas, quienes guardan gratas memorias y recuerdos de su padre.
Ernesto comenta: “Siempre fue positivo, no se dejaba vencer ni doblegar por detalles de trabajo; tuvo mucha fuerza para salir adelante, a pesar de todos los tropiezos, enfermedades, los problemas de cada hijo y sus alegrías”.
Entre otras cosas, a José María le gustaba que estuvieran sus hijos y nietos en el rancho de Güémez, Tamaulipas.
Es el turno de Eduardo y en un momento de nostalgia recuerda: “Papá era un hombre muy alegre, muy dedicado, muy generoso con toda su familia y las personas que lo rodeaban. Siempre trataba de dar todo sin reservarse nada para él”.
Agregó que fue un hombre con un profundo amor y respeto por sus padres, además de ser bastante el cariño y adoración por sus hermanos y hermanas, ya que siempre estuvo al pendiente de ellos.
“Disfrutaba su vida trabajando todos los días, no había descanso. Fue buen anfitrión, le gustaba hacer amigos, en todos lados lo conocían. En el Estado lo conocieron y tienen un buen recuerdo de él por su don de gente y su importancia como agricultor y empresario de toda la vida.
“Era mucha la admiración hacia sus padres; era el eje y motor de su vida, vivía en función de ellos y eso hacía que toda la familia fuera muy unida. Eso es algo muy significativo de mi papá”, comenta.
Fue un hombre muy soñador, dice, pues pensaba en grande y sabía realizarlas. Nunca estuvo conforme Era muy tenaz y activo.
“Le gustaba ayudar a la gente, quien fuera, en todo momento”, afirma.
Indica que fue alegre en su platicar, su convivir con amigos, empleados y la gente que estuviera en su derredor, y no necesitaba tomar para pasarla bien.
“Sabía disfrutar la vida. Con y sin abundancia. Con pocos o muchos amigos. Cada momento lo sabía disfrutar, en pocas palabras, sabía vivir”, concluyó con una reflexión en la mirada.
El domingo 15 de noviembre, dos días antes de morir, don José María visitó su rancho y pidió que le mataran un guajolote para celebrar el “Thanks Giving Day”, ese día lo compartió con sus hijos y nietos. Falleció el 17 de noviembre de 2009.

Una anecdota
En ese entonces vivían bien pero con ciertas carencias. Un día, yendo doña Cristina y su esposo al banco, con el dinero justo para el mandado, se le acercó un vendedor de lotería y lastimero, quien le pidió a don José María que le comprara un boleto: ¡los cien pesos que traía, se los dio! Era para comida, la casa, dijo doña Cristina. Mañana habrá. –Le contestó–. “Era muy desprendido y desorganizado”, finalizó.
Así fue él: muy afable, cariñoso y efusivo, además de buen bailador. Tenía un carácter muy alegre. Ese era su sello.
Valgan estas páginas como un merecido homenaje póstumo a cuatro señorones que lograron con su buen ejemplo, lealtad a la familia y a los amigos que un apretón de manos, un consejo bien dado y un fuerte abrazo dejaron una huella profunda en el alma de todos.
clase_editor@horacero.com.mx
Tels. 929.75.85 al 87. Ext. 106
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Comentarios de los Lectores

  DON GERARDO BALLI Ana Maria Balli   Marzo 9/2010 10:58:48 PM
Todos eran alegres y grandes de corazon...los vamos a extranar...Papi Te Amo y Te Extrano..
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